Desde que nacemos necesitamos hacernos una idea de nosotros mismos y del mundo, para así poder adaptarnos a las circunstancias. Esto no se hace en soledad, dependemos de los demás para sobrevivir, y sobre todo, para crear vínculos.
Ese vínculo afectivo que nos conecta con nuestras figuras de cuidado es lo que conocemos como apego. Dentro de los tipos de apego, destaca el apego seguro, una relación en la que el otro nos ve, nos entiende y nos ayuda a regular nuestras emociones.
Si quieres profundizar en cómo se forma este vínculo desde los primeros meses de vida, te recomendamos leer nuestro artículo sobre cómo se desarrolla el apego infantil, donde explicamos las etapas del apego y los factores que lo fortalecen.
El apego: nuestra primera base de seguridad
El psiquiatra John Bowlby (1969) fue quien desarrolló la teoría del apego. Observó que las separaciones tempranas de las figuras de cuidado principal (ya sean padres, madres, tíos, abuelos, etc.) y la falta de atención emocional podrían generar dificultades en el desarrollo del niño.
Cuando el bebé percibe una amenaza o se siente incómodo, busca la proximidad de su figura de apego, la persona que lo cuida, para obtener consuelo y protección.
Si ese cuidador responde de forma sensible y coherente, el bebé aprende que cuando lo necesita, alguien está ahí para él.
Esa sensación de seguridad interna será la base sobre la que construirá su manera de explorar el mundo y de vincularse con los demás.
La psicóloga Mary Ainsworth (1978) amplió este trabajo a través del experimento conocido como la “situación extraña”, en el que se estudiaban las reacciones de los niños al separarse y reencontrarse con sus madres. Están ambos en una sala jugando con los juguetes, al cabo de un rato la madre se va 3 minutos y entra un extraño, el momento clave es cuando vuelve, cómo es el reencuentro.
Los niños con apego seguro en la infancia se angustiaban cuando la figura de apego se marchaba, pero se calmaban al volver y retomaban el juego con confianza. Esa capacidad de calmarse tras el reencuentro es el reflejo más visible de un vínculo sano y de seguridad emocional. La mitad de los niños que se observaron reaccionan así.
Por otro lado, en el apego inseguro, el niño no logra reconocer ni expresar plenamente sus propias necesidades y emociones, porque teme que hacerlo pueda poner en riesgo el vínculo con su figura de cuidado. La forma en que se manifiesta este tipo de apego depende del miedo al rechazo o a la pérdida de la atención del cuidador. Estas estrategias, aunque limitantes, se mantienen a lo largo del tiempo porque en su origen sirvieron para asegurar la supervivencia emocional. Así, los patrones aprendidos en la infancia suelen repetirse, de manera inconsciente, durante toda la vida.
El apego inseguro se transmite de generación en generación, precisamente por esto, los padres (inconscientemente) perpetúan los patrones de atención y conducta rígidos que tuvieron con ellos, provocando lo mismo en sus hijos. Esto nos da una señal que si no intentamos cambiar el patrón que tenemos aprendido haremos lo mismo que hicieron con nosotros, aunque no queramos. Y la terapia nos puede ayudar a ello.
Otros estilos de apego en la infancia
Cuando las figuras de cuidado no están disponibles o reaccionan con miedo, enfado o distancia, el niño desarrolla estrategias para adaptarse.
Apego ansioso-ambivalente: cuando la madre se va se preocupan mucho (teme el abandono), pero cuando regresa no consiguen calmarse fácilmente, muestran rabia y no retoman el juego normal, busca constantemente la atención. El 15% de los niños.
Apego evitativo: no muestran enfado al irse su madre, y cuando vuelve evitan el contacto con ella. Los niños centran su atención en los objetos, como mecanismo de defensa, para no mostrar sus necesidades emocionales porque sabe que no van a ser atendidas, solo confía en sí mismo. Un 25% de los niños observados.
Apego desorganizado: reaccionan de forma extraña ante el progenitor y con su vuelta debido al colapso, se sienten atrapados entre el deseo de acercarse y el miedo a hacerlo; pudiendo quedarse quietos, tener conductas de autoconsuelo, llorar en exceso, etc. Presentan este apego el 10%, suelen ser hijos de madres con muchos problemas (maltrato, adicciones, negligencia…), crecen en una situación complicada en la que no sienten vínculo hacia los adultos de referencia, sino inseguridad o agresividad.
Cada uno de estos estilos de apego influye en la manera en que los niños buscan cercanía, expresan sus emociones y construyen relaciones. Puedes conocer más sobre sus características en nuestro artículo sobre estilos de apego infantil.
Qué siente un niño con apego seguro en la infancia
La experiencia del apego seguro en la infancia no se basa en la perfección, sino en la coherencia y la disponibilidad emocional.
Un niño con apego seguro en la infancia aprende, desde muy pequeño, que sus emociones tienen un lugar donde ser vistas, comprendidas y calmadas. Un niño que crece en un entorno seguro confía en que sus necesidades emocionales serán atendidas.
Así, el niño aprende a autorregularse, es decir, a calmarse y a recuperar el equilibrio emocional por sí mismo, porque antes alguien lo ayudó a hacerlo.
El cuerpo y el sistema nervioso se van moldeando a través de estas experiencias repetidas de sintonía, construyendo la sensación de seguridad desde dentro (Siegel, 1999).
Cuando hay sintonía afectiva, el sistema nervioso del niño oscila entre la calma y la activación, sin quedarse estancado en la angustia. Por el contrario, la falta de coherencia o la presencia de miedo en el vínculo pueden generar patrones de desregulación que luego se repiten en la vida adulta. El cerebro es plástico, los vínculos seguros, incluso en la adultez o en terapia, pueden reparar y reorganizar esos circuitos emocionales (Siegel, 1999).
Acompañar emocionalmente al niño en esos momentos es fundamental para que aprenda a calmarse y entender lo que siente. Puedes encontrar más ideas sobre cómo hacerlo en nuestro recurso gratuito: Cómo acompañar las emociones de los niños.
La mentalización
La mentalización es la capacidad de comprender lo que sentimos y lo que sienten los demás. Consiste en poder poner palabras a las emociones, reconocer que lo que pensamos o hacemos no siempre refleja cómo nos sentimos.
Los niños desarrollan esta habilidad cuando sus cuidadores les ayudan a entender sus emociones.
Cuando un adulto dice “veo que estás enfadado” o “entiendo que te has asustado”, está enseñando al niño a comprender lo que siente y regularlo.
Según Fonagy y colaboradores (2002), este proceso ocurre dentro del apego seguro en la infancia y es clave para construir empatía, autoestima y relaciones sanas.
En terapia sucede algo parecido cuando el psicólogo/a ofrece ese espacio seguro donde podemos volver a entendernos y a sentirnos en calma.
Parámetros de la base del apego seguro en la infancia
Donald Winnicott (1965), psiquiatra, hablaba de la “madre suficientemente buena”, aquella que no es perfecta, pero sí capaz de sostener, reparar y acompañar. Cuando el adulto actúa como base segura, transmite al niño la idea de que puede explorar, equivocarse y volver cuando necesite consuelo.
Un cuidador que funciona como base segura es:
- Coherente, porque actúa en consonancia con lo que dice.
- Fiable, porque el niño sabe que puede contar con él.
- Responsivo, porque responde a las necesidades del niño.
- Próximo, quién sabe transmitir que está ahí pero sin agobiar.
- Limitador, porque pone normas claras que dan estructura y seguridad.
Estas actitudes permiten que el niño desarrolle confianza y autonomía, es decir, aprende a estar en el mundo sin perder el vínculo.
Un equilibrio entre apego y desapego, debe tener una posibilidad de opciones entre ellas, pero también la capacidad de elegir uno de los extremos cuando sea necesario, sin que esto genere ansiedad ni culpa.
No existen los padres perfectos
Criar desde la seguridad no implica no cometer errores, sino reparar cuando algo duele. Todos los padres fallan a veces, y esos fallos, si se reconocen y se reparan, se convierten en oportunidades de aprendizaje emocional para el niño.
Ese modelo interno acompañará al niño en su vida adulta, influyendo en su forma de amar, pedir ayuda o afrontar el estrés.
Tomar conciencia de nuestras propias heridas y patrones de apego es el primer paso para no repetirlos con nuestros hijos.
Y, cuando el pasado pesa demasiado, la terapia puede ofrecer un espacio seguro para hacerlo diferente.
Como psicólogas, sabemos que gran parte del trabajo terapéutico consiste en reconstruir esa seguridad emocional, ofrecer una relación estable, empática y coherente que permita al sistema nervioso aprender nuevas formas de estar en calma y en vínculo.
Bibliografía
Aznarez, B. (2023). Texto Básico Módulo 4: Apego, Disociación e Integración. Experto en Clínica e Intervención en Trauma. [Material de formación no publicado].
Autora:
Lucía Sesmero González
Psicóloga y estudiante de Máster de Psicología General Sanitaria en Universidad Europea de Madrid (UEM)
Alumna de prácticas en Enlaza Psicología



