Cuando vivimos una situación que nos sobrepasa o sentimos que pone en peligro nuestra vida o bienestar, ya sea una pérdida, una agresión, o un momento en el que nos sentimos muy vulnerables. No podemos decidir cómo reaccionamos, es nuestro cerebro el que registra el miedo y se reorganiza para protegernos.
Comprender desde la neurobiología del trauma, qué ocurre dentro de nosotros cuando vivimos estas situaciones, nos ayuda a dejar de juzgarnos (“¿por qué no lo supero?”) y a mirarnos con compasión. Lo que llamamos “bloqueo” o “no poder olvidar” tiene una base biológica, te explicamos a continuación cómo afecta el trauma a nuestro cerebro y nuestro cuerpo.
La fisiología del trauma
La neurociencia explica que, ante un evento traumático, nuestro cuerpo y cerebro activan un sistema de emergencia que se dispara antes de que podamos pensar racionalmente.
Los estímulos que recibimos a través de los sentidos pasan primero por el tálamo, es el centro de integración sensorial. Desde allí, la información toma dos caminos:
- Uno va hacia la corteza cerebral, donde analizamos con calma lo que ocurre.
- Y otro, más rápido, que va directo hacia la amígdala “el centro del miedo”, que enciende la alarma emocional.
Este “atajo” es útil para sobrevivir, porque nos permite reaccionar en milisegundos para protegernos. Pero también tiene desventajas, cuando el peligro es extremo o se repite, la amígdala puede quedar hiperactivada (LeDoux, 1996).
En ese estado, el cuerpo produce adrenalina y cortisol, preparándonos para luchar o huir. Si el sistema no se “apaga”, seguimos viviendo en alerta incluso cuando ya estamos a salvo.
Puedes leer más sobre cómo el trauma y el apego se relacionan con el sistema de la ansiedad en el artículo Trauma, apego y problemas de ansiedad.
Cuando el cerebro se desconecta
En condiciones normales, el tálamo, la amígdala y la corteza prefrontal trabajan en conjunto, sentimos, pensamos y actuamos de forma coherente.
Sin embargo, durante un evento traumático, esta conexión se interrumpe. La amígdala se sobreexcita y las áreas del cerebro encargadas de “calmarla”, como la corteza prefrontal medial, pierden su capacidad de regulación (Van der Kolk, 2014).
Esto provoca que los recuerdos queden fragmentados, lo que explica las somatizaciones, muchas personas no recuerdan el trauma como algo del pasado, sino que lo sienten como si estuviera volviendo a ocurrir, lo reviven. El cuerpo reacciona igual que en ese momento, aunque el peligro ya no esté.
Las tres respuestas del sistema nervioso
El neurocientífico Stephen Porges (1995) desarrolló la teoría polivagal, que explica cómo nuestro sistema nervioso tiene tres formas de reaccionar ante la amenaza:
- Conexión social (rama ventral del nervio vago): nos permite sentir calma, vincularnos y pedir ayuda.
- Lucha o huida (sistema simpático): hace que nos enfrentemos o escapemos del peligro.
- Colapso o desconexión (rama dorsal del nervio vago): cuando no hay salida posible, el cuerpo se paraliza o se “apaga” para protegerse.
Es importante saber que estas respuestas no se eligen conscientemente; son automáticas y buscan la supervivencia. Esto nos ayuda a entender por qué algunas personas ante un trauma, se paralizan o disocian, mientras otras reaccionan con ira o huida.
En las personas con trauma, el sistema puede quedarse “atascado” en la alerta o en la desconexión, haciendo que sea difícil la detección de lo que es un peligro real y la sensación de seguridad.
Si te interesa comprender cómo estas reacciones se vinculan con nuestras primeras experiencias afectivas, te recomendamos leer Cómo se desarrolla el apego infantil o Cómo influye el estilo de apego en la infancia en el apego adulto.
El cerebro triuno
El neurocientífico Paul MacLean (1986) propuso la idea del cerebro triuno, que nos ayuda a comprender por qué el trauma afecta a tantos niveles:
- Cerebro reptiliano: es la parte más primitiva del ser humano, el antiguo “cerebro animal” y regula funciones básicas que hacemos de forma automática (respirar, comer, dormir, etc.) Es el responsable de todos los hábitos relacionados con la supervivencia.
- Sistema límbico: es el centro de las emociones, la memoria, las conductas sociales, el aprendizaje. Se forma en función de nuestras experiencias. Junto al cerebro reptiliano forman el “cerebro emocional”.
- Neocórtex: es el cerebro cognitivo, es decir relacionado con el pensamiento, lenguaje, razonamiento. Controla la toma de decisiones.
Los tres niveles del cerebro están conectados entre sí y se necesitan mutuamente. Ante una experiencia traumática, el cerebro emocional toma el control, dejando en segundo plano al cerebro racional. En ese momento, no somos capaces de pensar, porque la prioridad es sobrevivir. Por eso, después de un trauma, cuesta tanto entender lo que ocurrió, el pensar y el sentir se desconectan temporalmente.
La ventana de tolerancia
El psiquiatra Daniel Siegel (1999) introdujo el concepto de ventana de tolerancia para explicar el margen en el que en el que podemos manejar nuestras emociones y pensamientos sin sentirnos desbordados.
Las personas que han vivido un trauma suelen tener una ventana muy estrecha, pequeñas cosas pueden generar ansiedad o, una sensación de vacío o desconexión, es más común que se desregulen.
El trabajo terapéutico busca ampliar esa ventana, ayudando al cerebro y al cuerpo a regularse para que las emociones puedan procesarse sin peligro.
Si quieres aprender más sobre cómo acompañar las emociones desde la infancia y aumentar la ventana de tolerancia en los más peques, te puede interesar nuestro recurso gratuito «Guía para Acompañar las emociones de los niños«.
El cerebro puede sanar
En conclusión, el trauma altera de forma temporal la comunicación entre el cuerpo, la emoción y el pensamiento, pero el cerebro es plástico, lo que significa que puede reorganizarse y sanar.
Las terapias basadas en la neurobiología, como EMDR (Shapiro, 1987), la terapia sensoriomotriz o el mindfulness, ayudan a que la información traumática se reprocese e integre, permitiendo que las experiencias dolorosas pierdan intensidad.
Entre ellas, el EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por el Movimiento Ocular) ha mostrado una gran eficacia para trabajar con la memoria implícita, es la que el cuerpo recuerda aunque no podamos poner en palabras.
A través de movimientos oculares o estímulos bilaterales (similares a los que ocurren durante la fase de sueño REM), el cerebro consigue procesar e integrar las memorias traumáticas, transformándolas en recuerdos que ya no generan sufrimiento. Puedes leer más sobre esta terapia en Qué es la terapia EMDR o conocer nuestro servicio de Terapia EMDR en Getafe.
Sanar no significa olvidar lo vivido, sino recordarlo sin que duela tanto. Es permitir que el cuerpo entienda que el peligro ya pasó. En terapia, se crea un ambiente de seguridad, para que los pacientes se puedan sentir a salvo mientras comprenden e integran los recuerdos.
Bibliografía sobre cómo afecta el trauma
Aznarez, B. (2023). Texto Básico Módulo 2: Neurobiología del Trauma y Fundamentos. Experto en Clínica e Intervención en Trauma. [Material de formación no publicado].
Van der Kolk, B. (2014). El cuerpo lleva la cuenta: Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Eleftheria.
Shapiro, F. (1995). Eye Movement Desensitization and Reprocessing (EMDR): Basic principles, protocols, and procedures. Guilford Press.
Autora:
Lucía Sesmero González
Psicóloga y estudiante de Máster de Psicología General Sanitaria en Universidad Europea de Madrid (UEM)
Alumna de prácticas en Enlaza Psicología



