La infancia es una etapa fundamental que moldea quiénes somos. En ella se construye la autoestima, el sentido de pertenencia y las habilidades para gestionar emociones, entre otras muchas variables. También aprendemos a vincularnos y a regular nuestras emociones, puedes leer más sobre este proceso en nuestro artículo sobre cómo se desarrolla el apego infantil.
Sin embargo, no todas las experiencias son positivas. Las heridas de la infancia aparecen cuando experiencias de rechazo, humillación, abandono, traición e injusticia dejan marcas emocionales profundas que impactan en la vida adulta afectando a relaciones, decisiones y la forma en que nos vemos a nosotros mismos. Además, suelen ser situaciones, que muchos y muchas dejamos atrás sin comprender del todo su impacto.
La evidencia científica respalda la necesidad de trabajar estas heridas. Estudios como el ACE Study (Felitti et al., 1998) demuestran cómo las adversidades tempranas se relacionan con problemas físicos y emocionales en la adultez, mientras que trabajos de Shonkoff et al. (2012) evidencian que el estrés crónico en la niñez altera el desarrollo cerebral. Además, investigaciones recientes (por ejemplo, León & Cárdenas, 2021; Sánchez-Vázquez, 2024) aportan datos actuales sobre el impacto de estas vivencias en diversas poblaciones.
Las principales heridas de la infancia que encontramos son: rechazo, humillación, abandono, traición e injusticia.
Principales heridas de la infancia y cómo se manifiestan
El rechazo
El rechazo se siente cuando el niño percibe (a veces de forma directa, y otras casi de manera imperceptible) que no recibe el amor o la aceptación que esperaba de sus cuidadores o de su entorno, por ejemplo, profesores o padres. Este sentimiento puede originarse en actitudes de desprecio, críticas repetitivas o en la carencia de reconocimiento que debería ser natural en la infancia.
¿Cómo se manifiesta?
Se desarrolla una voz interior crítica, el niño empieza a construir una imagen negativa de sí mismo, lo que conlleva que se considere insuficiente o poco valioso. Esto se traduce en baja autoestima y autocrítica constante.
Quienes han sentido rechazo pueden alejarse de situaciones sociales o evitar nuevas relaciones. Esto sucede porque les resulta difícil confiar en el cariño de los demás.
La humillación
La humillación se genera cuando el niño experimenta burlas, críticas exageradas o comparaciones crueles, situaciones que pueden ocurrir tanto en el hogar como en el colegio (por ejemplo, cuando se le ridiculiza en público). Estas experiencias no son solo dolorosas en su momento, sino que dejan una huella que, en muchos casos, afecta la percepción propia de manera duradera.
¿De qué forma se presenta?
La humillación provoca una sensación intensa de vergüenza y de inferioridad. La persona llega a interiorizar una autoimagen dañada que afecta la confianza en sí misma. Incluso, puede generar que el niño sienta que no debe ser querido ni respetado.
La reacción puede ser la evitación social o, a veces, respuestas defensivas e incluso agresivas, como forma de protegerse del dolor. Esto lo podemos observar en alguna víctima de bullying que, para protegerse, acaban agrediendo también.
El abandono
Sentir abandono es experimentar la ausencia (física o emocional) de una figura significativa durante momentos importantes de la infancia. Esto puede deberse a separaciones familiares, divorcios o a una falta de atención que le impide al niño sentirse verdaderamente cuidado.
¿Cómo se expresa?
Se desarrolla una sensación persistente de soledad y se fortalece el miedo a la repetición de ese abandono; esto dificulta la formación de relaciones profundas en el futuro.
Las personas que han sufrido abandono tienden a mantener relaciones superficiales o a buscar constantemente la validación en los demás, ya que le resulta difícil confiar plenamente en las personas.
La traición
La traición se vive cuando la confianza depositada en alguien se rompe de modo inesperado; suele manifestarse a raíz de engaños, promesas incumplidas o comportamientos incoherentes. Esta herida es especialmente dolorosa cuando proviene de personas en quienes el niño confió.
¿Cómo se muestra?
La experiencia deja una huella de desconfianza, ira y, en ocasiones, culpa. Estos sentimientos pueden obstaculizar la apertura en futuras relaciones.
El temor de volver a ser traicionado puede llevar a mantener distancia o, por el contrario, a reaccionar de forma exagerada ante cualquier señal de traición, mostrándose excesivamente defensivas para no volver a ser lastimadas.
La injusticia
El sentimiento de injusticia aparece cuando el niño percibe que su trato es desigual o arbitrario en comparación con sus compañeros. Esto puede suceder en el hogar o en el colegio. La sensación de haber sido tratado de manera injusta produce un profundo resentimiento y una visión distorsionada del entorno.
¿De qué modo se exterioriza?
La persona desarrolla una postura rígida y resentida; el sentimiento de impotencia puede perdurar y colorear la forma en que se experimentan las interacciones sociales.
Dicho sentimiento frecuentemente se traduce en actitudes rebeldes o en conductas de confrontación constante con las normas establecidas.
El impacto de las heridas de la infancia en la vida adulta
Las heridas de la infancia influencian no solo nuestra autoimagen, sino también nuestras relaciones interpersonales. La baja autoestima y la dificultad para confiar son reflejos claros de un dolor aún activo. Tal como ocurre con el trauma relacional o con los estilos de apego infantil, estas heridas emocionales configuran la manera en que nos vinculamos en la vida adulta.
Sin embargo, reconocer cada una de estas heridas es el primer paso para superarlas. La combinación de terapia psicológica, autocuidado y el apoyo de redes de confianza permite resignificar el pasado y construir un futuro basado en la resiliencia y el amor propio.
¿Cómo trabajar nuestras heridas de la infancia?
Sanar las heridas de la infancia puede ser un proceso profundo y personal, lo que implica reconocerlas, comprender cómo nos afectan y permitirnos generar experiencias y relaciones reparadoras para poder tener una rehabilitación emocional.
Las personas pueden sanar a lo largo del tiempo mediante un proceso integral que combina las vivencias reparadoras y la intervención terapéutica.
La terapia ofrece un espacio seguro para explorar y transformar patrones de pensamiento autocríticos derivados de estas heridas. La terapia ofrece un espacio seguro para explorar y transformar patrones de pensamiento autocríticos. Intervenciones como la terapia cognitivo-conductual, la terapia centrada en la emoción, la terapia integradora o la terapia EMDR permiten reconstruir la narrativa personal, promoviendo la aceptación y el amor propio, una faceta fundamental en el proceso de recuperación (Shonkoff et al., 2012; van der Kolk, 2014).
También las relaciones con los demás juegan un papel importante en el desarrollo de nuestra autoestima. El apoyo de una comunidad y las relaciones afectivas pueden ofrecer experiencias emocionales correctivas que ayudan a resignificar recuerdos dolorosos (León & Cárdenas, 2021; Sánchez-Vázquez, 2024).
Por otro lado, las experiencias reparadoras, como los autocuidados, la práctica de mindfulness y la expresión artística (por ejemplo, escribir o pintar), actúan como estímulos que ayudan a fortalecer nuestro bienestar emocional. Estudios recientes han demostrado que estos enfoques incrementan la resiliencia emocional y favorecen la reestructuración positiva del autoconcepto (Felitti et al., 1998; Hughes et al., 2017; León & Cárdenas, 2021; Sánchez-Vázquez, 2024).
Cada experiencia positiva y cada sesión terapéutica se integran de forma acumulativa. Esto funciona como un escalón que, poco a poco, transforma el dolor en fortaleza. Trabajando juntos es posible reconstruir una narrativa de vida basada en la resiliencia, el amor propio y la apertura a nuevas oportunidades.
En resumen…
Con el apoyo terapéutico, redes de apoyo saludables y experiencias reparadoras, es posible resignificar momentos difíciles y abrirse a un futuro pleno, de amor propio y relaciones de calidad. Si sientes que tus experiencias pasadas afectan tu bienestar actual o tus relaciones, puedes leer más sobre la relación entre trauma, apego y ansiedad, y cómo abordarlas en terapia.
Si buscas terapia psicológica para adultos con experiencia en problemas relacionados con trauma y apego, en Enlaza Psicología estamos para ayudarte 🤍
Bibliografía
Felitti, V.J. et al. (1998). Relationship of childhood abuse and household dysfunction to many of the leading causes of death in adults. The Adverse Childhood Experiences (ACE) Study. American Journal of Preventive Medicine, 14(4), 245–258.
Hughes, K., Bellis, M.A., Hardcastle, K.A., Sethi, D., Butchart, A., Mikton, C., Jones, L., & Dunne, M.P. (2017). The effect of multiple adverse childhood experiences on health: A systematic review and meta-analysis. The Lancet Public Health, 2(8), 356–366.
León, D.A., & Cárdenas, L.F. (2021). Experiencias Adversas en la Niñez: Modificaciones Neuro-Estructurales, Neuro-Funcionales y Comportamentales. Psykhe, 30(2), 1–22.
Sánchez-Vázquez, A. R. (2024). Experiencias adversas en la infancia (EAI): ¿la base del iceberg del sufrimiento emocional de la población infantil y adolescente? Anales de Pediatría, 101(5), 299–302.
Shonkoff, J.P. et al. (2012). The lifelong effects of early childhood adversity and toxic stress. Pediatrics, 129(1), 232–246.
Van der Kolk, B. A. (2014). El cuerpo lleva la cuenta: Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Penguin Books.
Autora:
Rebeca Gómez Rodríguez
Psicóloga y estudiante de Máster de Psicología General Sanitaria en Universidad Internacional de Valencia (VIU)
Alumna de prácticas en Enlaza Psicología



